Hubo un estado umbroso en el que el
velo
original, la gran placenta tibia
del acomodamiento, interponía
su protección dudosa de regazo
insuficiente ¡ay! pero tan cálido,
entre un flujo interior que se
nutría
a sí mismo con algo
que era nada, tal vez, hermosamente,
y un espacio desnudo, ajeno, siempre
a la intemperie, donde, al menos,
era
o parecía ser posible el salto,
el viaje, la fuga, la caída
en la neblina o vaho
o exterior humedad que, succionando
en nuestro jugo, aparecía como
continuación, ya no corpórea, pero
más nuestra, de ese largo
desconsuelo
del que formamos parte, del que
somos
continuación, o término, o pináculo.
Era salir, naciendo,
de un amoroso vientre que empezaba
a interponer sus rejas; era ajarse
del tronco monolítico, dejarse
atrás, como quien se despega
del alquitrán caliente, la mirada
maternal, despegarse
la piel para que el aire endureciese
la herida. Y ese era
el precio de la hombría, todo eso
valía un paso, un paso más tan sólo,
pero era tanto, en el
deslumbramiento
o plenitud, muerte tal vez lograda
irremediablemente que, prevista
entonces en su gloria, no dejaba
ver el reverso que al final se
impone.
Mas ya no es hora de paliar el duro
enfrentamiento; sobra
la blandura, la almohada acomodada
bajo la duda o el presentimiento.
Estamos frente al muro y no hay
salida.
(1969) Fragmento de Vasto poema de
la resistencia.
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