LIENZO
Un espejismo cadañal revuelve
por San Miguel, septiembre, los oscuros
camaranchones memoriales, hurga
en polvorientas arcas y deslía
un siempre mismo resto
de lienzo atemporal, con infantiles
bordados, y lo orea
en el alféizar, mientras
nadie sabe qué campanil anuncia
un día, cuenta atrás, que reamanece
en el igual entonces detenido.
Mismo
celaje albricia torres, cuestas
albaicineras, rejas,
azoteas en cal, mismo relumbre
cristal por miradores
nidales, mismo asombro
mudéjar, tejadillos, jaramagos
por las veletas, amarillos verdes
sobre el azófar de los canalones.
Qué
de tiempo es aquél, es éste, ido,
presente y por durar; qué jardinera
la estadía fontal de aquellas estas
reconocibles horas, la glorieta
enredada en rosal, allí la orza
de la sangría, amor, roces furtivos,
el velador de mármol, el aroma
del alhelí, el jacinto,
el jazmín trepador, la yerbaluisa,
muros de madreselva, allí la mano,
el laurel, la albahaca,
y un fondo de pilares
que refrescan la tarde a chorro lento.
Memoria por llegar, deslimitado
recuerdo sin ayer, todo presente
en un olor pelusa
de membrillo maduro hasta la plaza
del Campillo, almecinas,
amontonadas nueces, arrugada
rojez de la azofaifa, majoletas,
agridulzor de la acerola, harija
y sal en los jayuyos.
Todo
ahora ese ayer que, de aquí mismo
sentido, desenfunda
su piano de teclas
marfileñas y, a punta
de resonancias, ay, nos acorrala
contra el azor de un día que no cuenta.
Casas adentro, el alcanfor
defiende
baúles y alacenas;
un aire aquél, penumbra de entornados
postigos, calidece
los cordiales encuentros: el armario
de cuarterones de la alcoba, el viejo
aparador, vajillas, porcelanas,
redescubre moroso
el todavía brillo en los floreros,
la consola, el azogue
quebrantado en el dime del espejo,
los tapetes de encaje, el cofrecillo,
el qué alegría verte, los minutos
como claveteando
el raso de mullidos acericos,
la tarde desleída por un cerco
de ovalados retratos
en sepia, la merienda con olores
de la cocina, sudorosos cántaros,
pulidos almireces; y los dulces
de las monjas, y el té con yerbabuena...
Un eviterno día de septiembre.
(1972) De "Moheda"
ADARGA
Penetra
el mundo por la piel. Se adhiere
lo circundante, aprieta
como un rugiente zumo
mineral, como un aire torbellino
de disueltos paisajes
por la piel, un adobo, una sustancia
de melaza y salitre y de partículas
frutales y de savia,
también hedor, penetra,
y légamo, comprime y remodela.
Atrio
es la piel, prolongación del caos
hacia dentro; y de lo hermoso. Adarga
penetrable.
¿Qué música,
qué realidad inexistente llama
con sus nudillos, lanza
sus escalas? ¿Qué espuma
de un ajeno supuesto se remansa
en cada arruga dársena? ¿Qué brillo?.
Poro
por poro, pozos artesianos,
busca la luz del exterior caudales
transcorpóreos, venas
que acrecentar. Afluyen pulsaciones,
sonidos de otro allá que el vello absorbe.
Fusión a su través anonadado.
Desleimiento en el todo del origen.
Inhumana
es la piel.
Niega,
rechaza
el más acá del tacto. Desarraiga
la posesión.
A lo tan solo esconde
algún pliegue perdido, que aún conserva
la cicatriz de un beso; o un espacio
por otra piel rozado, donde abiertas
heridas parpadean.
(1973) De "Moheda"
DESGUACE
Te
me deshaces en el beso, amiga.
A lo largo del beso
van arando tu piel ¡qué de otro tiempo!
las arrugas.
Te amo.
Se licúan
tus pómulos; se sume,
se desdenta tu boca y yo te amo.
Te me disuelves en el beso, amiga,
te me desnaces, ay, bajo este cuerpo
que cubre tu erosión.
Te me destrenzas.
Tu lagunal mirada verdinegra
que otro estiaje resquebraja y otro ...
dime si aún me ves ...
tu voz gimiendo
que un zumbido o recuerdo lobreguece ...
tu saética lengua acibarante ...
la sed ya no precede ...
tu cabeza
por mi hombro, tu redondez, tu espacio
antes tempero, tanto
todo y demás que queda en, mira,
un casi sequedal, sino esa lágrima
rezumada de zubias interiores ...
Un
hasta luego ¿cuándo? en cada instante
que enmohece el latido; una maraña
de destejidos roces; un tan otro
aquel impulso y ¿cuánto es lo que queda?;
un reloj que quebraza
los muros del deseo, que corroe
la dádiva, que enrancia los agraces;
un humedal que empapa los desechos.
Te
me deshojas dentro del abrazo.
Te me lenteces bajo el pulso, amiga,
¿por qué no madre ya, de tan cobijo?
¿por qué no hermana en tanto
trasvase sangre a sangre?.
Te me amainas,
te me remansas en el beso. Cuerpo
de grutas y de espuma, rocas húmedas
que la marea abandonó, ensenadas
con naufragios y mástiles
retorcidos y quillas
donde la herrumbre pone sus huevos
amarillos...
Tu prestancia abatida, tu tronchada
blancura cervical; tus senos cántaro
¡tan rotundo el ayer! altivos trojes
de caricias aquellas
que se enconaron, ay, tu quiebro airoso,
tu macerado vientre, así fecundo,
decadente añojal hasta el menguado
alcacel de tu vello.
Te
me deslizas a la muerte.
Palpo
tus lugares vacíos, tus siniestras
oquedades, la nada
en donde estuvo tu hermosura.
Te amo.
Cobertizo que el tiempo zarandea.
Almáciga que asola la riada.
Roqueda que el verdín melancoliza.
Te
me desguazas en el beso, amiga;
a lo largo del beso te me pierdes,
te me deslíes, ay, te me regresas
a la tierra, que absorbe,
que recupera así su amargo zumo.
(1973) De "Moheda"
PIEDRA-LIBRE
Por el jardín agazapados, cada
uno en su
puesto y solos,
niños a
"piedra-libre", tras un seto,
tras una
adelfa, hombres
a idea y
a palabra libre, ocultos
en lo oscuro,
detrás de un nombre, cerca
y dispersos,
detrás de cada oficio,
y el que
se queda, escudriñando, ¡visto!
desde su
privilegio,
desde su
luz mentida -ya ha contado
hasta diez-
desde el mando, poseyendo
la valla,
sus derechos,
las vastedad
de su dominio.
Miro
los arbustos,
la sombra
del escondite
que me ampara, el alto
murallón
que me cerca. Miro el hueco
por donde
acechan los fusiles. Miro
un claro
entre dos sauces
y un niño
¡visto! que se cruza y sale
cabizbajo
y mohíno
hacia la
luz. Miro mi propia sombra
que puede
delatarme; salto quedo
de un rosal
a una yuca, de un silencio
a una coartada.
Reptan,
se acercan
¡visto! van cayendo algunos;
el foco
barre la memoria, dejan
el resguardo
de la mimosa, pasos
hasta la
adelfa, gateando, hurtan
los barrotes,
el miedo, se guarecen
tras de
la alheña ¡visto!, aquél resiste
la tortura.
Tumbado
sobre el césped
espero y
miro, avanzo con los codos,
¡ahora!,
me incorporo,
me juego
el juego ¡visto!, ya no hay tiempo,
corro entre
los disparos, atravieso
el clamoreo,
saltos
de alegría
infantil, de un quiebro evito
la última
redada, el árbol último,
salvo la
valla y grito, casi lloro:
¡piedra libre para mí, y para todos
mis compañeros!
(1974)
De "Moheda"
MOHO
Huele en algunas casas
a oscuridad
acumulada, a moho
hereditario.
Pasas
el dintel,
las torcidas
jambas y
huele, y es de pronto, y cruzas
por el zaguán
y huele
como si
cada muerto
aún familiar
hubiese,
al irse,
tan derecho, hubiese ido
dejando
alguna cosa
caer marchita,
o gotas
de lividez,
o líquidos horrendos,
hubiese
con su labio
cerúleo
y su algodón
en la nariz,
hubiese como ido
soplando
en las paredes, impregnando
de muerte
suya corporal baldosas
y peldaños
y zócalos, y fuese
su olor
como una mancha que te asalta
desde la
externa claridad del aire.
Subes las escaleras
de algunas
casas y te sale al paso
en el rellano
el denso
olor a todo
lo que un día
estuvo vivo
allí, estuviste vivo
en otra
alguna vez, y pende ahora,
desgaste
y desmemoria, de retratos
orlados
con muchachas
ajadas,
de tiestos
desportillados,
flecos de mantones
en la pared,
el saloncito, el mármol
de la consola,
pende
deshilachado
en colchas
de ganchillo,
en plumíferas almohadas,
alcobas
y humedad, resquebrajado
aguamanil,
jofaina rinconera.
No
huele a tierra húmeda ni a estiércol
saludable
y honrado -diluírse
para más
vida y vuelta- no; no hay ciclo
que justifique
la largueza. Huele
a ya no
queda calle
que respirar,
a broza
de bodonal;
y miras el pasillo
apenumbrado
y puertas
entornadas
y huele
a se acabó,
por esta y para siempre
vez se acabó,
y el golpe es desde dentro.
No
más. La vida aquí, en algunas casas,
se encharcó,
cuchitriles
de nonatas
hazañas, y ahora huele
-te estás
oliendo tú- como enranciada
y pasas
y te pide
su preterida
libertad, oliendo
a lo que
es, a nada
fermentada,
a desprecio, a ya no queda
aquí ni
para el gasto de ir muriendo.
(1974)
De "Moheda"
| Imprimir |