HABRÁ
UNA DANZA
Como la nada repetida, copia
de sí, que
no origina un ámbito
y, sin embargo,
es inmanente en medio
de dos inabarcables
espejos
enfrentados,
habrá un
estar no definido, un verse
incorpóreo,
sin lindes, sin distancias,
habrá una
danza en medio de la ausencia,
en una inmensidad
a la que acudan,
en la que
se acumulen, superpuestas
en su penetrabilidad,
las formas
todas del
ser, habrá un opaco y vasto
deslumbramiento,
habrá una no visible
revelación,
como si múltiples ideas
aflorasen
a un tiempo, diluidas
cada una
en las otras, pero siendo
ellas mismas.
Estado
en lo que
fue materia
que, por
sutilidad, es traspasada
o que traspasa.
Inexistencia al fin
del espacio,
derrota de su límite.
Ubicuidad
de cuerpos y conciencias.
Habrá
una danza en torno de sí misma.
Será como una música cayendo
sobre un
lago, que no se expande en ondas
concéntricas
pues sólo
existe el
eje sin confín, sin dimensiones.
Será una ceremonia. El testimonio
de la total
liberación. Sin pista,
sin salones,
sin aire, sin presencia.
Habrá
una danza atemporal e inmóvil.
Nunca empezó.
Perenne, inagotable,
la evolución
inanimada, el falso
girar -todo
es el centro- irá mostrando
las espaldas
desnudas,
los desmayados
brazos enlazando
duras cinturas
de alabastro, torsos
momificados
en la esencia, orquídeas
sobre los
pechos sin latido, piernas
clavadas
en el brillo
del marmóreo
no estar, invariables
posturas
traspasadas
por una
sola nota permanente
de trompeta,
de saxo, un solo golpe
interminable
de tambor, un tenso,
estrangulado
espasmo en cualquier síncopa
de lo que
habrá de ser el ritmo fuera
del tiempo.
Las figuras
sin edad,
los gentiles
cuerpos
innatos, el cristal, las orlas
de flores
por los palcos de la nada.
Simultáneas imágenes
de lo que
pudo ser, de lo que, siendo
un instante,
será, inmutable, fijo.
Estáticos
escorzos estampados;
inertes
languideces;
estables
actitudes
de complacencia,
de terror, de éxtasis,
de plenitud,
de pasmo, de alborozo.
Bullicio
inmóvil. Acto sin transcurso.
Proseguirá
la danza, sin espacio,
sin tiempo,
suspendida sobre el vértice
de la inmovilidad,
viva y exánime.
(1970) De "Límites"
SIGNOS EN EL POLVO
Como el dedo que pasa
sobre la
superficie polvorienta
del mueble
abandonado y deja un surco
brillante
que acentúa la tristeza
de lo que
ya está al margen de la vida,
de lo que
sigue vivo y ya no puede
participar
de nuevo, ni aun con esa
pasiva y
tan sencilla
manera de
estar limpio allí, dispuesto
a servir
para algo; como el dedo
que traza
un vago signo, ajeno a todo
significado,
sólo
llevado
por la inercia del impulso
gratuito
y que deja
constancia
así en el polvo de un inútil
acto de
voluntad, así, con esa
dejadez,
inconsciencia casi, siento
que alguien
me pasa por la vida, alguien
que, mientras
piensa en otra cosa, traza
conmigo
un surco, se entretiene
en dibujar
un signo incomprensible
que el tiempo
borrará calladamente,
que recuperará
de nuevo el polvo
aún antes
de que pueda interpretarse
su cifrado
sentido, si es que tuvo
sentido,
si es que tuvo
razón de
ser tan pasajera huella.
(1970) De "Límites"
DONDE
SONÓ UNA RISA
Donde sonó una risa, en el recinto
del aire,
en los pasillos transparentes
del aire
donde, un día
sonó una
risa azul, tal vez dorada,
queda por
siempre un hueco, un lienzo triste,
un muro
acribillado, un arco roto,
algo como
el desgaire de una mano
cansada,
como un trozo
de madera
podrida en una playa.
Donde saltó la vida y luego nada
y el corazón,
de un golpe,
echó a rodar,
y luego nada, queda
una cama
deshecha,
un cuarto
clausurado, un portón viejo
en el vacío,
algo
como un
andén cubierto por la arena;
queda por
siempre el hueco
que deja
un estampido por el bosque.
De bruces, husmeando, rastreando
unas huellas,
tirando
del hilo
de un perfume,
penetra
el corazón por galerías
que un latido
de sangre subterránea
horadó alguna
vez y allí quedaron.
Y que allí
permanecen con su húmeda
oscuridad
de tigres en acecho.
Penetra
el corazón a tientas, llama
y su misma
llamada lo sepulta.
Donde
sonó una risa, una vidriera,
una delgada
lámina de espacio
estalló
lentamente. Y no es posible
poner de
nuevo en orden tanta ruina.
Un nuevo aliento merodea. Llegan
otros sonidos
hasta el borde y piden
su momento
para existir. Afluyen
nuevas formas
de vida
que al final
toman cuerpo y se acomodan.
Pero el
tiempo ya es otro y el espacio
ya es otro
y no es posible
revivir
lo que el tiempo desordena.
En
la cresta del agua o de la espuma
donde una
risa naufragó, ya nada
podrá buscar,
hundirse, hallar los restos,
nadie podrá
decir: éste es el sitio.
El mar no
tiene sitios y sus cimas
son instantes
de brillo y se disuelven.
Pero
quedan los huecos, queda el tiempo.
El tiempo
es un conjunto
de irrellenables
huecos sucesivos.
Donde sonó
una risa queda un hueco,
un coágulo
de nada, una lejana
polvareda
que fue,
que ya no
está, pero que sigue hablando,
diciendo
al alma que, en alguna parte,
algo cruzó
al galope y se ha perdido.
(1970) De "Límites"
ALGO SUCEDE
Voy solo
entre el desorden del gentío. De Pronto
otro calor me roza.
Es un instante. Pasa
a estribor de mi turbio
no pensar la rotunda
certidumbre del cuerpo
de una mujer, con todas
sus velas desplegadas.
Y prosigue. Y se aleja.
Y se disuelve al fin.
Y nada cambia.
Sólo, acaso, que en
otra dimensión, en el otro
lado del mundo, algo
como un alto edificio,
o un nubarrón, o un monte
de cristal, cruje y
salta
hecho pedazos. Nada
ha sucedido,
pero algo sucede.
Cicatriza
una estela, tal vez,
y la distancia,
que es nada, sigue alzando
sus diques invisibles
sobre el vaivén de un
tiempo que mece entre sus algas
miles de peces muertos.
Y
nada se conmueve.
Y sigue siendo injusto
el azul de la tarde.
Una larga
caída de cabellos, que el hombro,
rotundamente terso,
divide, se me cruza
por el cansancio, de
improviso, y tira
como con garfios de
mi olfato. Y nada
sucede, es cierto, pero
algo
sucede.
Todo sigue
en su lugar exacto,
pero ya no es exacto.
Tal vez en los remotos
mares del norte, un
barco ballenero,
partido en dos, se hunde
en este instante
rodeado de témpanos
y espumas congeladas.
Pero nada se mueve.
Sigue el sol en su sitio.
Y una garganta
pasa, y unos ojos perdidos
que no me ven y siguen
avanzando despacio hacia
los pozos ciegos
en que el olvido entierra
sus restos. Unos ojos
donde el agua no alcanza
el nivel que los haga
flotar en lo consciente.
Es tan sólo un momento,
pero basta. Y no puedo
explicarlo, no puedo.
Intento, al menos,
fijarlos a mis muelles;
y saltan las amarras.
El espacio es el mismo,
pero ya no es el mismo.
Y algo sucede al fondo
del universo: un astro
que pierde su equilibrio,
un niño que no nace,
un bosque que se quema,
un giro, en ese instante,
del curso de la historia.
Pasa a mi
lado un pecho, una cintura, acaso
un pensamiento, el germen
de un posible contacto
que me briza y se pierde,
que estuvo cerca y luego
se pierde para siempre.
Y nada más.
El aire de nuevo
perfila los contornos.
Los límites afirman
sus aristas, parcelan
medidas y lugares y
tiempo.
Pero algo
sucede. No sé dónde,
ni cómo,
algo inmenso sucede
que queda, en algún sitio,
escrito en caracteres
perennes e ilegibles.
(1970) De "Límites"
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