POEMA PARA LA VOZ DE MARYLIN
MONROE
Tu
voz.
Sólo tu
tibia y sinuosa voz de leche.
Sólo un
aliento gutural, silbante,
modulado
entre carne, tiernamente
modulado
entre almohadas
de incontenible
pasmo, bordeando
las simas
del gemido,
del estertor
acaso.
Como un
tacto de fina piel abierta.
Como un
espeso y claro líquido absorbente
que envuelve
tus adentros, que te sube
del sexo
mismo hasta los labios,
que recorre
tus dulces cavidades
antes de
ser el soplo
caliente
y sensorial que nos sumerge.
Tu
masticada voz, que te desnuda
sutilmente,
insidiosamente, como
si en derredor
de tu cintura fuese
creando
y disipando al mismo tiempo
mil velos
transparentes de saliva.
Tu
voz resuelta en quejas y mohines
que trasmina
como un olor a cuerpo,
un tierno
olor sedoso
que se propaga
en ondas, que nos roza
tan delicadamente,
que es posible
sentirlo
por las manos y en las piernas.
Tu
voz labial, visible,
como gustando
el aire, como dando
forma a
posibles moldes para besos.
Tu voz de
oscura selva con riachuelos.
Clavado
aquí, en mi hombría,
oigo tu
voz, que late entre mis dientes,
y enmudezco
la radio, y cierro el gesto.
Porque tú
ya estás muerta;
porque hace
largos meses que estás muerta
y aún es
posible el grito enfebrecido.
Oigo
tu voz carnal, y me pregunto
qué pasa
aquí. Si acaso es esto un nuevo
pecado,
o un castigo.
(1963) De "El gesto"
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