FIORDOS
Si la
eternidad necesitase un lugar donde residir, donde tener a mano sus efectos
personales, su diafanidad, sus espacios, el movimiento continuo de su
transparencia; donde verse rodeada de sí misma en la renovación constante de un
invisible hálito, en la perenne blancura de una nieve indiferente, en los
interminables espacios temporales que se expanden en cada minuto de los
hombres; si la eternidad necesitase un lugar en la tierra donde hacerse
presente utilizando externas manifestaciones comprensibles para nuestra
limitada percepción, escogería sin duda los fiordos noruegos.
En los fiordos noruegos se siente el peso de la eternidad
como una inminencia atroz y placentera. Es imposible definir y, menos,
describir esa sensación de anonadamiento. De nada valdría hacer mención, sobre
lo ya dicho, a las mansas mareas, a los reflejos verdes en las aguas serenas, a
los altos cortados neblinosos que encauzan tanta belleza, a las bucólicas
orillas que festonean cada brazo de mar, al silencio de las cumbres que se une
al de las profundidades, al frío de las alturas que se confabula con la humedad
marina, a las nubes que se deshilachan en las cumbres, a los ventisqueros que
se derraman montaña abajo exprimiendo su inmutabilidad en un sinfín de saltos y
cascadas.
No hay salida.
A los fiordos, como a la eternidad, no se le ve una posible salida, aunque el
corazón nos diga que ésta se halla cerca; aunque los sentidos se debatan en un
laberinto que se sabe limitado en su inmensidad; aunque la mente se resista al
absurdo del ser sin motivo.
Navegando
entre las altas montañas se alcanza la plenitud de ese ser. Los fiordos son
pura existencia, sin circunstancia alguna que los distraiga de la contemplación
de sí mismos. De ahí que en ellos el hombre, al mirar hacia fuera de sí, se
esté viendo también en su interior. Un interior empequeñecido, sí, pero que
alcanza su verdadera magnitud en su fusión con la naturaleza circundante.
(2003) De Prosas viajeras (Selección). Ediciones Dauro. Granada
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