VIEJA FOTOGRAFIA EN
SEPIA
Estaba allí el instante aquél; no
era
glorioso, no; tenía, acaso, el aura
humilde de haber sido
elegido al azar. Al cabo
¿qué mejor elección?
Ella, la dulce
muchacha endomingada, nos miraba
desde detrás del tiempo, sorprendida
de haber quedado así, como iniciando
un gesto, no sabía
muy bien por qué.
Un gesto
que, en otra dimensión, siguió su curso
natural, escapando del milagro
de aquel instante detenido.
Estaba
junto a un escaparate y los cristales
desdoblaban la calle, que se iba
por el reflejo. Dentro,
suspendidos en el ayer, esbeltos
floreros, porcelanas
tiernísimas y un viejo
reloj eternizando la hora exacta
del olvido.
A la izquierda
llovía dentro de la foto; sola
se perdía la calle y los cerrados
balcones y los árboles borrándose
entre la niebla clara.
Al fondo,
se entreabrían las puertas del otoño.
Estaba allí
el instante, desvaído
pero altivo y tenaz en una lucha
ya decidida.
Vieja
fotografía en sepia, apuntalando
lo que queda de luz, lo que no queda,
cuando el tiempo, muchacha endomingada,
vuelve la esquina, apenas
penumbra ya, y nos mira desvalido.
Y nos sigue mirando, mientras todo
se desvanece.
(1985) De "Los
estados transparentes"
CRISTAL ROMANO
Si este ungüentario de cristal
romano
que veinte siglos irisaron, donde
la transparencia envejecida apenas
deja ya ver el soplo que le diera
forma de lágrima y que aún se esconde
en su interior como con miedo a verse
en otro tiempo; si este vaso leve
que otro soplo o milagro ha conservado
indemne entre los mármoles partidos
de la arrasada villa, resbalase
de mis manos y en un funesto instante
se estrellase en el suelo dulcemente,
consternación aparte, no sabría
apreciar las distintas magnitudes
de tamaño suceso, ni sabría
ponerle fecha; pero estoy seguro
de que en el tiempo aquel, que permanece
detenido entre togas y columnas,
se oirían los clamores del desastre.
(Roma, 1987) De "Los estados
transparentes"
DE LA MATERIA DE LOS
TAXIS
De nuevo te esperé en el
desconsuelo
de la esquina. Por el bullicio oscuro
iban, venían rojos autobuses,
acharolados taxis que, ocupados,
se detenían un segundo antes
del desencanto. La farola daba
entintado de comic a la espera.
Los taxis
están hechos con materia
de soledad, de presurosos besos,
de palabras sin terminar, de rápidos
adioses, de cabezas que se vuelven
como pidiendo auxilio. Cada taxi
va tejiendo y tejiendo su capullo
de seda por las calles, va encerrando
su mariposa entre los hilos tensos
de la ciudad que gime y que lo envuelve.
¿Por qué querer es esperar?. La
lluvia
tenaz parpadeaba en el cambiante
neón de Piccadilly y los neumáticos
por el asfalto húmedo sonaban
como el desuello de una piel inmensa.
Todo el desecho de la prisa iba
acumulado en los asientos turbios
de los taxis. Su tántalo destino
era llegar para volver de nuevo.
Los taxis se alimentan de
colillas,
de tersos portafolios, de monturas
de gafas, de coronas funerarias,
de perfumados guantes, de pañuelos
inmundos, de paraguas olvidados.
El horizonte de los taxis nace
a espaldas de la luz, está poblado
de sanatorios y consultas, linda
con discos y semáforos, discurre
por negocios y apremios y legajos.
¿A dónde va el amor cuando no
acude
a nuestra cita?. Una lenta hilera
de gotas resbalaban por el borde
de la farola anochecida. Un golpe
de tos quebrada restalló muy cerca
de mi bufanda. El viento me azuzaba
los mastines del frío. Y otros taxis
pasaban sin parar, como otras noches,
como todas las noches de mi vida.
Cuando al
amanecer se quedan solos
los taxis, se acarician la gastada
tapicería, que conserva algunas
viejas huellas de semen o de lágrimas.
(Londres, 1990) De "Los estados
transparentes"
LAS BOVEDAS DEL AIRE
Como en
nervudos arcos
transparentes y altivos lo intangible
manifestando su dureza, alzando
la sólida estructura de su propia
inexistencia perdurable;
como
la claridad de una vidriera, en torno,
trenzando sus tupidas
mallas inconsistentes y el silencio
acolchando los huecos
de esta otra forma de materia;
como
el universo, nuevo, renaciendo,
volviendo a ser en otra
dimensión no visible;
como un fulgor translúcido
en medio mismo de la nada,
todo
el vasto imperio de lo bello sube
envuelto en alas y en susurros, sube,
crece, se expande en albos
corales, mudos cánticos de gloria,
litúrgicos lamentos,
sosteniendo
las altas bóvedas del aire.
(1990) De "Los
estados transparentes"
OTOÑO EN LLAMAS
Como cada noviembre, las tristezas doradas
del otoño llamean
en los castaños. Sube de los barrancos hasta
la nieve de los picos un confuso revuelo
de amarillos y malvas y, entre las peñas, cuelgan
los pueblos como blanca ropa tendida. Todo
vuelve a la transparencia.
El silencio aún no ha dicho su última palabra.
La azada al hombro, un
viejo
de estopa y cuero baja bordeando bancales
camino de Atalbeitar. En sus ojos azules
no hay preguntas. Le queda
la eternidad entera para que alguien le explique
qué es esto de la vida.
Como un zorzal tocado
por el plomo furtivo, una hoja marchita
desciende dando tumbos de lo alto del álamo.
(1992) De "Los
estados transparentes"
TEORIA DEL ORDEN
Ha recostado
sin pudor la vaca
sagrada su famélica osamenta
sobre el asfalto de la concurrida
avenida y, ajena a cualquier norma
de urbanidad, asiste imperturbable
al tumulto y al ruido que ocasiona
su mayestática indolencia y sabe
que ese es el orden porque desde siempre
fue así dispuesto, como bien podría
no haberlo sido así o como, sospecha,
puede haber mundos en los que las vacas
no se recuestan provocando atascos
en la circulación y acaso piensa
qué le vamos a hacer, mientras soporta
en derredor el tráfico incesante
de riskshaws
y de motos y autobuses
renqueantes y viejas bicicletas
y en sus lánguidos ojos se reflejan
las fachadas color de rosa, el salto
de los monos que trepan por las sucias
paredes, las basuras, los montones
de frutas, tenderetes y portales
de cachivaches, una turbamulta
abigarrada y cabras por las altas
azoteas y algún camello suelto
y las bocinas y los gritos y ella
tumbada allí, ejerciendo indiferente
su potestad, rumiando en sus adentros
que si esto es así y no de otro modo
es porque, a no dudar, tendrá que serlo.
(Jaipur, India, 1994) De "Los estados transparentes"
UNOS
OJOS, UN RELAMPAGO
Detrás de la
levísima
insinuación de un gesto
que pudiera llegar a ser sonrisa,
que compasiva, acaso
dadivosa o sólo humanamente
interpretado hubiera
podido ser indicio
de comprensión o de aquiescencia, al fondo
y detrás de unos párpados
que se entrecierran leves, confiriendo
al semblante algo así como una falsa
y a un tiempo tan verídica apariencia
de reflexiva voluntad, por dentro
y detrás de ese halo de impasible
serenidad que puede
ser el reflejo de algo
tan impalpable como
una idea, detrás de cada uno
de esos visajes, máscaras, diversas
formas de traducir
un sentimiento o un deseo, hay
unos ojos que escrutan, que vigilan,
que están ahí, acerados, unos ojos,
unas lentes de hielo perfectísimas
que cumplen su misión de ver, ajenas
a los sucesos de su entorno, como
escondidas entre las bambalinas
de un escenario donde
se está representando la ternura,
el odio o la lealtad, acaso el miedo,
que ven y que transmiten las imágenes
con la implacable y fría
dureza de la máquina, unos ojos,
un destello, un relámpago.
(1994) De "Los
estados transparentes"
LLEGAR HASTA ISLA
NEGRA
Por el boato de las viñas,
entre la lujuria de los pámpanos,
venidos desde las madres mismas del vino,
van llegando hasta Isla Negra.
Acalorados por la ubérrima planicie,
entre la palta y el durazno y la manzana,
desde la piel pelusa del damasco,
van llegando hasta Isla Negra.
Llegan cabalgando por los Andes nevados,
por el filo de un verso que no se ha escrito nunca,
por una inmensa cordillera de palabras enhiestas
como volcanes y una voz o un viento duro
que un mal día se quiebra de haber cantado tanto.
Llegan frente a la mar, hasta una
tumba
de piedras y de cactus y de silvestres margaritas,
en donde el capitán de las tormentas mayores
espera a que el océano le devuelva sus cofres
repletos de palabras naufragadas y hermosas.
Por la otra cara del infinito,
van llegando hasta Isla Negra.
Vienen los que ya dieron
su tributo
y los que no tienen cosa alguna que dar;
los que serán, el día que una ola los consagre,
y los que ya no volverán a ser.
Y todos traen, oferentes e iluminados,
una migaja de lo que fueron.
Vienen los caballeros de la coraza y
del grito
enarbolando pendones y palabras extrañas
y los mapuches vienen también
con su fiereza noble y sus títulos antiguos.
Vienen los que saben que la tierra
es redonda
y los que no lo sabrán nunca.
Vienen todos hasta esta catedral varada,
hasta esta tumba en la mitad del sol.
Se oyen rugir las caracolas de todos los
mares
y las sirenas de los barcos hundidos.
Los australes vientos oceánicos
agitan la melena despeinada de las mimbres
y se derrama la olorosa savia de los eucaliptus
y se doblegan los penachos de los álamos plateados
y se agrupan las nubes, descendiendo dóciles
desde los dominios de la araucaria.
No hay lápida capaz de sostener el nombre
de quien le puso nombre a los relámpagos.
Desde el fundo
acaudalado y la cabaña
entre los pinos sola y los heredados manteles
de fino hilo y las maderas nobles
y las cristalerías con reflejos de oriente;
desde la comuna populosa y dolida
y el choclo humilde y el curanto
y la paila marina y desde el pisco;
por las cañadas del dolor y del júbilo
y los recodos donde el miedo se esconde
y por las rocas que se enfrentan al vacío,
cada hombre es un paso hasta Isla Negra.
Hasta esta soledad,
hasta este asombro
parado ante las bravas olas que regresan,
donde una voz yacente multiplica
su estruendo y su ternura y su aliento caudaloso,
amortajada con los versos más bellos.
(Santiago de Chile, 1996) De "Los estados
transparentes"
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